Felipe VI y el Tiempo Nuevo

Tempus fugit. Vayamos, pues, al grano. Cuando se restauró la monarquía en 1975 nuestro horizonte vital se ensanchó con las perspectivas ilusionantes de poder recuperar las riendas de nuestro destino. Todo estaba por hacer y nuestro rey, con palabras firmes, pero modestas, dejó claro que comenzaba “una nueva etapa en la Historia de España”.

39 años después, el horizonte se ha estrechado a límites inimaginables, con una clase política que ha fagocitado todas las energías y esperanzas de los españoles, llevándonos a la peor crisis económica, política y moral de nuestra Historia. Una crisis a la que no vemos salida porque los que la han provocado no tienen ningún interés en resolverla. Y es lógico, hacerlo conllevaría, inevitablemente, una mengua de su poder de extracción de la ya exhausta savia nacional.

Pues bien, ante ese horizonte, Felipe VI, con una grandilocuencia de la que huyó su antecesor, en el primer discurso dirigido a la nación nos habla nada menos que de un Tiempo Nuevo, como si a los españoles se nos abriera, por fin, una Nueva Era (New Age) -esperemos que no sea la de Acuario-. ¿Qué tienen de “nuevo” estas proclamas laicistas, de aurora boreal, que harían las delicias de los “peritos en nubes”? Mucho nos tememos que lo mismo que Cohelet, el hijo de David, veía bajo el sol, es decir nada…

¿Y a qué responden, entonces? Resulta difícil no apreciar una complicidad oculta, como un guiño o consigna dirigido, no al pueblo español, sino a los que están esperando una confirmación de que no se va a salir del guión. En esa línea se enmarca también el hecho de omitir cualquier referencia a la religión mientras que, por primera vez en los discursos reales, se lanza otro mensaje laicista resaltando “los vínculos de hermandad y de fraternidad que son (nada más y nada menos) indispensables para alimentar las ilusiones colectivas”. ¿A qué fraternidad se refiere? ¿A la de una nación en la que estadísticamente apenas existen hermanos –tasa de natalidad vernácula del 0,88%-, o se refiere a algún otro tipo de fraternité?

No. Ni una sola línea en el discurso a la necesidad de regenerar la vida política y las instituciones de nuestro país, ni a nada que permita albergar la menor esperanza de que el proceso imparable hacia la destrucción de España vaya a ser corregido o, como poco, combatido. Al revés, el gran órdago a la convivencia y a la continuidad de nuestro ser más íntimo, a la nación española, es contemplado, con eufemismos, como una gran oportunidad: los “nuevos desafíos” (léase secesión de Cataluña) para los que demanda un profundo cambio de muchas mentalidades y actitudes y, por supuesto, gran determinación y valentía, visión y responsabilidad”. Nada menos que la mentalidad tenemos que cambiar. Un paso más allá de la condescendencia mostrada ante los nacionalismos por su padre, bien visible en el discurso de Navidad: «Y, como siempre, generosidad para saber ceder cuando es preciso, para comprender las razones del otro y para hacer del diálogo el método prioritario y más eficaz de solución de los problemas colectivos».

Ese parece ser el Tiempo Nuevo reivindicado por Felipe VI: el blindaje de la Casta Política en sus taifas autonómicas, que, para ahondar en lo que nos ha llevado al precipicio, nos conducen sinuosamente hacia un federalismo asimétrico, como el que ya existe de facto, pero llevándolo al extremo, reconociendo la singularidad nacional de Cataluña, el País Vasco y lo que venga. Es decir, la antesala de la secesión. Y en eso están todos de acuerdo. Lo hemos descrito recientemente para que nadie se llame a engaño en el artículo La senda de la secesión. Pero a quien lo dude, que lea el reciente libro del gran ideólogo y urdidor, Ramón Jauregui, El país que seremos. El socialista vasco, como nos contó el panegirista de Otegui, R. Aizpeolea, fue el que introdujo a las cabrillas del PP en el corral del “nuevismo”, cuando se opusieron conjuntamente a la propuesta de Rosa Díez de ilegalizar Bildu. En eso consistía, precisamente, el Tiempo Nuevo: en traer al PP al consenso, desde la “unidad de los demócratas contra ETA” -que es lo que en el new-language de la Casta significa amancebarse con la banda terrorista- al subterfugio legalista de plantear una federalización como único tabla de salvación para evitar la secesión, que no es otra cosa cumplir con los pactos secretos de Zapatero y Rubalcaba en la internacionalización del proceso de rendición del Estado español ante los nacionalismos de todo signo y condición, da igual que sean cruentos o no, que en sus objetivos lo mismo son.

Lo ha explicado mejor que nadie Jaime Mayor Oreja. Se trata de un proceso, que hay que desvelar como tal, cuyo último objetivo es la destrucción de España. El recurso tramposo de la Casta Política para encubrirlo es el de remacharnos todos los días con aquello de que la democracia ha “derrotado” (sic) a ETA, y que la banda no ha conseguido sus objetivos, ya que no ha conseguido todos los puntos máximos de su programa. Pero eso es ahora. ¿Y mañana? ¿No es el reconocimiento y legalización de sus terminales políticas, la paulatina aplicación de una amnistía encubierta que sin ningún desparpajo celebran como un triunfo, o el enseñoramiento de las instituciones en el País Vasco, no es todo ello la señal inequívoca de que se han llevado el gato al agua? ¿Podemos pensar que si están triunfando en casi todo, sin apenas oposición, no van a continuar hasta conseguir el pleno al 15? ¿No podríamos pensar que ese “pleno” está predeterminado por las diferentes etapas del proceso logradas hasta ahora?

Ese es el gran secreto del engañoso proceso de internacionalización del “conflicto” que destacábamos en La senda de la secesión: que el orden de los factores no altera el producto. Que no se trata de conseguir “todo” hic et nunc, sino que todo se puede conseguir, a su tiempo. Y esto vale tanto para “el proceso”, como para los que lo encubren con tartufescas protestas de dama ofendida, como hace el PP cada vez que dice que no ha negociado con ETA, cuando ya sabemos que ese no era su papel, sino el decir amén a todo lo que ya se había negociado a sus espaldas, o quizás, más bien, de perfil. ¿No es la inacción del PP en el proceso de destrucción de la nación española, su renuncia a la política y a los principios, la condición necesaria para el triunfo de ese proceso? ¿Si con mayoría absoluta no ha hecho nada para evitarlo, nos imaginamos que cuando pierda el poder -algo inevitable por la traición a su electorado y a la nación- se va a convertir en un Cid Campeador que defienda lo que, como Boabdil, probablemente lamentará de manera vergonzosa?

En absoluto. Su inmersión en el Tiempo Nuevo, como ya mostramos, es total, aunque, como si fuera una consigna, suelen denominarlo un “nuevo tiempo” (vid Arancha Quiroga), quizás por aquello del orden de los factores que no altera el producto… Un Tiempo Nuevo al que Ramón Jáuregui dedica los capítulos finales de su libro (Ed. Turpial, Madrid, 2014, págs. 272-290), definiéndolo con las mismas palabras con las que lo hiciera Iñaki Gabilondo a las 11:33 del día 11 de Marzo de 2004 (oír en: SER), cuando comenzó esa nueva hégira por la que, como hemos mostrado en Las Cloacas del 11-M, muy probablemente se llevaron a cabo los terribles atentados: «Los problemas de los que hemos venido hablando… no se van a resolver en España si no abordamos un tiempo nuevo de reformas políticas importantes. Un tiempo de Política con mayúscula, que ponga el foco en las iniciativas y en los diálogos necesarios para abordar todos estos problemas en un clima de corresponsabilidad y de consenso… De esta forma hacemos política grande, ponemos el foco en la gran política, que en esta coyuntura pasa por recrear el consenso constitucional –entrar, como en la época de la Transición, en un periodo de grandes pactos formales y acuerdos tácitos-. ».

¿No suena esta música a la partitura del primer discurso real de Felipe VI? Por si no lo pareciera, Jáuregui se encarga, premonitoriamente, de hacerlo visible (ibídem, pág. 280): «Si todo ese proceso de cambios lo hacemos bien, con la ayuda del propio monarca, habrá un momento solemne, de formalización del nuevo tiempo, el referéndum de reforma de la Constitución, que bien podría coincidir con el comienzo del reinado del príncipe Felipe. No veo mejor ocasión. Solo encuentro ventajas en esa coincidencia».

¿Se empiezan a despejar las incógnitas del súbito precipitado de la sucesión real? Si no es así no nos llamemos a engaño. Sigamos, con Jáuregui, que sin tapujos nos desgrana el contenido principal de esa reforma constitucional, una reforma pactada en el seno del núcleo duro de poder de la Casta Política, en la que la soberanía del pueblo español brilla por su ausencia (ibídem, pág. 188): «Ahora se trata de una Constitución [se refiere a la española que hay que reformar] pactada con las fuerzas mayoritarias de Cataluña, porque su refrendo posterior lo hace imprescindible. Estamos hablando de darnos una nueva oportunidad de seguir viviendo juntos, desde la solución previa de los contenciosos que ahora tenemos. El “derecho a decidir” cobra así otro sentido, con otro fundamento. Los catalanes votarán a sus representantes en las Cortes, quienes negociarían el encaje del “hecho diferencial” catalán en la Constitución reformada. La votarían después en un referéndum, junto a todos los españoles. Y, por último, decidirán, ellos solos, el marco jurídico-político catalán, su propia Constitución en un Estado federal».

Así de claro. Y no pensemos que se trata de desvaríos. En absoluto. Aquí, el consenso, como en el Tiempo Nuevo, es total. Fijémonos, a tal efecto, en lo que dice alguien en las antípodas de Ramón Jáuregui, en Pilar Urbano, una persona que con su último libro ha sido una pieza fundamental en el extraño y precipitado –por temor al precipicio- proceso de abdicación, que, ya sin ambages, apostrofa como “extremistas” a los que defienden la unidad de España (“cosas veredes dijo Agrajes que farán fablar las piedras”) mientras reivindica un Felipe VI «empedrando o asfaltando el camino (sic)» hacia «una monarquía federal asimétrica, o simétrica, como se quiera…», atribuyéndole, incluso, sentencias que no pronunció, como la reforma constitucional.

Una sintonía con Jáuregui tan llamativa como inquietante. Pero no desviemos el foco. Si hay algo que asemeja a ambos personajes, sin necesidad de que hablen por boca de ganso, es su condición de fieles representantes de las organizaciones que les amparan.

¿En qué consiste, pues, el Tiempo Nuevo que con tanto énfasis defendió nuestro monarca, no en una, sino en dos ocasiones estelares de su discurso inaugural? ¿En que ahora, en vez de estar abocados a la secesión por una “senda”, lo estaremos por un “camino”, más o menos empedrado?

Esperemos que el pueblo español salga de su letargo para impedirlo.

 

Este artículo se publicó el 5 de Julio de 2014 en http://www.kosmos-polis.com/politica/opinion-politica/item/144-felipe-vi-y-el-tiempo-nuevo

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